Hace poco, un amigo, guionista empleado en una productora, me contó una anécdota.

Por cuestiones de baja audiencia y por el bajo o nulo presupuesto de Canal 9, debido, sin duda, a la mala gestión de la televisión pública, el proyecto para el que escribe se tiene que realizar este año con menos dinero y menos tiempo que en la temporada pasada. La productora no pudo más que bajarse los pantalones y consentir a la cadena que introdujera su flácido miembro en el sagrado esfínter de los beneficios económicos. El cometido resultaba irrealizable. La productora decidió contar con todos los guionistas que hasta el momento habían contribuido a impulsar los programas anteriores a cimas inalcanzables de audiencia. Esto la honraba.

Pero en televisión siempre falta tiempo. Pasados quince días desde el inicio, no había material suficiente para cumplir los plazos precisos que la productora había establecido para optimizar gastos, en función de los reducidos ingresos que suministraba Canal 9 en este segundo año de emisión. Así, se planteaba el problema de que se necesitaban una o dos semanas más de escritura, lo cual, evidentemente, dinamitaba el presupuesto inicial. Ante tal problema, la productora advirtió que todos aquellos guionistas que no consiguieran los objetivos que unilateralmente se habíen estipulado, quedarían relegados de la molesta tarea de levantarse todos los días para ir a trabajar, con lo cual la productora se ahorraba unos cuantos sueldos que invertiría en las semanas extra del resto de guionistas.

Entre los guionistas (esos seres de gafas de pasta, barba, largas faldas, turbantes i uñas pintadas de negro, según las preferencias) hubo consenso: se plantearía a la empresa una primera alternativa a los despidos. Si no se aceptaba, habría que pasar a la acción. En definitiva, se propuso aumentar la jornada laboral para cumplir los plazos. Con ello se regalaba a la empresa un día más por semana a cambio de reconsiderar los despidos. La empresa aceptó, no sin señalar que aquel recurso les parecía insólito y que decía mucho a favor de ese gremio insondable de genios endogámicos que conformamos nosotros, los guionistas.

De manera que, amigos y amigas, cuando creais que todos los que os rodean son unos hijos de la gran putísima, pensad que es posible que sólo lo finjan, porque, al fin y al cabo, están tan necesitados como vosotros. Y es así como se tejen los movimientos cívicos: por necesidad. Y con muchos cojones y muchos ovarios juntos.