Siempre ando con retraso y veo las películas cuando ya todo el mundo me ha contado el final. Debe ser cosa de masoquismo. Pero quizá salgo ganando y con las opiniones de los demás me voy formulando la mía propia, lo cual es denominado prejuicio en la cultura occidental. Al fin y al cabo, que levante la mano el que se quiera salvar.

Esta semana, pues, he visto [REC]. Las comparaciones con Monstruoso eran obligatorias (como El orfanato con Los otros o cualquiera de Vicente Aranda con cualquiera de las de los estudiantes de cine de Ruanda, dando por hecho que no existe en Ruanda escuela de cine). El hecho es que Monstruoso no le aguanta a [REC] ni un asalto. [REC] nos introduce inmediatamente en la situación de partida: dos reporteros novatos acompañarán a un grupo de bomberos durante una noche. Esto ya justifica la cámara al hombro. Además, la situación de partida explica perfectamente que los actantes entren en la trama casi in media res, es decir, cuando llegan al lugar de los hechos, el agua está a punto de hervir. Así, asistimos a una presentación de personajes con la tensión de un conflicto en marcha que les puede salpicar en cualquier momento. Tampoco los personajes requieren demasiada profundidad; es simplemente una cuestión de conocer sus rasgos diferenciales para poder reconocerlos y hacernos una idea de lo que se está cociendo.

Lo que sin duda destacaría de [REC] es el ritmo trepidante; canónico en las películas de cámara al hombro, pero no por ello garantizado. Las escenas de acción están distribuidas de forma magistral, casi sinfónica. Y absolutamente todas están justificadas. Nada de momentos en los que el héroe, con gesto a la par audaz y ceremonioso, en contrapicado, mira a la heroína y le suelta: “Voy a subir”. Y entonces se sobreviene una escena de acción totalmente gratuita en la que todos queremos que un zombi se lo cargue. Por gilipollas. Pero llegado el momento, el guionista –mediocre-- se inventa un recurso inesperado por el cual el zombi muere y el héroe regresa al grupo habiendo explorado la zona o cualquier chorrada semejante. Es el mismo momento en que yo, sin ir más lejos, cojo la posturita, si estoy en el cine, o me preparo un cocido, si estoy en casa, con la esperanza de que cuando vuelva ante la tele, la hayan palmado todos y los zombis se hayan salido con la suya. En [REC] no hay heroicidades ni valentitos que exploran zonas. En [REC] el grupo permanece unido. Es el peligro el que los acorrala y no al revés. Tampoco hay nadie que pretenda arreglarlo todo. En [REC], como es lógico, los personajes quieren huir, regresar a la calma inofensiva de sus hogares y al ruido adorable de sus vecinos cuando follan, cuando ponen la música demasiado alta o cuando se meten en obras, lo cual, por cierto, suele ocurrir en verano.

También creo interesante, en la misma dirección que el ritmo, que tan pronto como descubren que en el edificio ocurre algo fuera de lo común, afuera se encuentran medio ejército de tierra y otro medio de aire, que, además, les impide la salida por el riesgo para la salud pública. Esta secuencia: entrada en casa de la anciana denunciante (primera agresión y desconcierto) – prohibición de salir del edificio, en el portal – caída de un bombero por el hueco de la escalera, también en el portal, es francamente un inicio de trama extraordinario. Nos encontramos ante una serie de sucesos que nos perturban (las agresiones zombi) y que nos despiertan la curiosidad (la cuarentena).

Quizá esta afirmación revele mi ignorancia, pero agradecí a los guionistas de 28 días después que los zombis corrieran. Caía así el zombi lento y patoso de La noche de los muertos vivientes. La diferencia radicaba en la naturaleza de su zombismo, porque “no son zombis: son infectados”. Hecho esto, los guionistas se ahorran preocupaciones como que si hay un solo zombi, se encierra y punto, porque no puede morder y no contagia nada con su sangre, con lo cual la diseminación de la amenaza resultaría más compleja y menos creíble. Los infectados, en cambio, contagian casi con la mirada. A mí me acojonaba tanto la de los infectados de 28 días después (y sus semanas) que dudo que hubiera podido defenderme si me hubieran atacado. Aunque también es cierto que soy de carácter asustadizo, hasta el punto de que me inquieta la figura parpadeante del semáforo cuando está a punto de cambiar el verde por el rojo. Pero ésa es otra historia. En [REC], el contagio se acelera tanto que en el tercer acto miraba a mi chica y la veía de otra manera, como más infectada. No hace falta justificación. Ya conocemos las aptitudes proselitistas y corporativistas de los zombis.

Encontré pocos clichés, y los pocos que encontré eran más bien normas del género: la ya expuesta facilidad de transmisión del virus, el final fatalista y la seriedad con que el cámara se toma su trabajo, por lo que no deja nunca de grabar. Quizá Balagueró no encontraba suficientemente justificado este último elemento, por lo que cierra el film con una frase lapidaria: “Pablo, grábalo todo. Por tu puta madre”. Y quizá, también, se aprecie una cierta obsesión con justificarlo todo, de manera que la verosimilitud no se vea afectada de ninguna manera.

Para mí, una obra maravillosa. Balagueró me gustó en Los sin nombre, me encantó en Darkness, me desilusionó en Frágiles y me ha cautivado en [REC]. Y sin bombones.

Por lo que pudiera pasar, si oís a vuestra anciana vecina gritar, no llaméis a la policía. Huíd. Y si os sentís demasiado culpables como para abandonarla a su suerte, echadle Tranchettes por debajo de la puerta. Pero luego huíd. O acabaréis vomitando sangre, con lo que cuestan de sacar las manchas.