(OJO: ESPÓILERS.)

Contra lo que parece ser norma en esta profesión, a mí me divierten las películas de cámara al hombro (con persecuciones). Para completar la confesión, afirmo alto y claro que me encantó The Blair Witch Project, aunque admito que es una película en la que el peligro está en off; fundamentalmente por deficiencias presupuestarias. A mí me atrapan, me sientan a la silla y no me sueltan fácilmente. Además, como suelen durar menos de hora y media, las puedo ver un lunes, después de cenar, y luego ponerme a escribir este tipo de estupideces que nadie lee.

La elegida hoy ha sido Monstruoso, dirigida por Matt Reeves y producida por J.J. Abrams, uno de los creadores de Lost. Al principio prometía poco o nada, ya que se alarga en la presentación de la subtrama hasta veinte minutos. Que los veinte primeros minutos se dediquen a la subtrama, se quiera o no, acaba pesando e incluso confundiendo. Además, la subtrama cumple el mito de doncella-desprotegida-a-quien-rescata-su-amado-héroe. No me ha sorprendido.

Otro de los desaciertos es la aparición demasiado precipitada del monstruo. (Sí, amigos, se trata de un monstruo –al parecer-- alienígena, que devasta Manhattan.) A pesar de que su demora hubiera diluido la tensión de la trama principal, su precocidad desplaza la posibilidad de sentir miedo y curiosidad al mismo tiempo. De hecho, en los primeros planos, los edificios ocultan su figura hasta el punto de que yo intuí justamente eso: que tardaríamos a ver quién o qué provoca aquel caos. La dualidades son el motor de la ficción, sea cinematográfica o literaria. Valga como ejemplo el sentimiento dual de Luke hacia Darth Vader. O el encargo bíblico de Dios a Abraham: matar a su hijo para demostrar su fe. O el ánimo de Jimmy con David (Mystic River), su mejor amigo y el asesino-violador más probable de su hija. Incluso añado el final de Manhattan, lo cual nos envía de regreso a Monstruoso, porque sucedió en Manhattan. (Y este jueguecito os lo regalo.)

Los personajes principales deciden huir de la isla, algo más que lógico. Pero el héroe recuerda que su chica (una amiga a quien ha querido toda su vida, con la cual acaba de empezar una relación irregular) todavía sigue allí. La llama y la pobre está atrapada entre los escombros de su derrumbado edificio. “Tengo que volver a por ella”. Ya lo suponíamos, majo.

Al cabo de unos cuantos ataques que parecen letales, encuentran a la chica con una vara metálica atravesándole la piel entre la clavícula y el pulmón izquierdo. Lo más recomendable en estos casos, naturalmente, es desenganchar al herido, porque la sangre no sale expulsada a borbotones. Y lo más normal, si el herido sobrevive, lo cual es más que probable, es que si esprinta, el orificio de entrada y salida no se resienta. Así que nuestra anhelada chica consigue bajar desde un 39º piso hasta la calle y correr hasta Central Park, que, por lo que se ve, tampoco está tan lejos.

Aun así, a diferencia de Godzilla, este grandioso monstruo pare arañas hijaputas que se encargan de las presas pequeñas, mientras su progenitor entierra Manhattan bajo sus enormes patas. Este punto omnipotente me ha gustado.

Sin duda, faltan persecuciones al estilo de 28 días después, película de la cual sí que se toman prestadas algunas secuencias, como la del correr conjunto de las ratas, todas hacia la misma dirección. Me confieso, también, amante del peligro constante, sin tregua. (La secuencia de la escalera de 28 días después me pareció excepcional.)

Quizá el final esté demasiado estirado, sobre todo porque en el prólogo se nos indica que “esta cámara fue encontrada en lo que antes había sido conocido como Central Park”. Cuando los personajes suben al helicóptero y contemplan la obra del gran alienígena desde el aire, no sentimos el alivio esperado porque ya conocemos el desenlace de la trama, con lo cual quiero decir que sobran aproximadamente diez minutos; y que no nos desconcierta que en última instancia, el monstruo liquide al aparato con sus pasajeros.

Es cierto que no pierde tensión, aunque también es cierto que en las películas de cámara al hombro la tensión acaba dependiendo más de la realización que del guión. Al fin y al cabo, la ficción cobra fuerza cuanto más verosímil es la historia y cuanto más alejada está de la realidad. La cámara al hombro, en definitiva, no es sino el contacto entre polos opuestos: la ficción narrativa con el realismo de la realización. El resultado, en este caso, es ameno.

Y ya me callo.