
Seguramente, la etapa más negativa que he sufrido desde que aquel gran día firmé, en calidad de redactor, un contrato por obra, para frustración de mi abuela, que me veía más de clarinete solista en la Sinfónica de Londres, fue la crisis creativa; esa señora de cara huesuda, piel fría y aliento pestilente, que contínuamente te persigue y que a cualquier hora y en cualquier lugar te atrapa. Cuando menos te lo esperas y, sobre todo, cuando menos lo necesitas. Sabes que te soltará porque no hay mal que cien años dure. El problema es que no sabes cuándo ocurrirá y que en la televisión hay un nervio incesante que lo rige todo.
El caso es que un día te enfrentas a la pantalla y, así como te suelen esperar ansiosos por saber cómo tienen que vivir, encuentras a tus personajes durmiendo y dando excusas baratas para no ir al trabajo. De manera que no sabes qué hacer para que resuciten del letargo y vuelvan a la rutina. Fue así de fácil: no sabía qué ni sabía cómo. Intenté recuperar las lecciones de guión leídas aquí y allá (Syd Field recomienda nunca dejar de escribir por un bloqueo o por unas dudas más que razonables), pero tampoco me sirvieron. Estaba en blanco.
Me acerqué a charlar con los coordinadores, que me atendieron con amabilidad, pero sin detalles maternales. Atribuían mi colapso al cansancio, a la reiteración de la misma tarea mecánica uno y otro día. “Estoy en esto desde los diez años y nunca me había pasado nada parecido”, pensé. Entonces me llegó aquel otro punto genial del Manual de supervivencia para guionistas, 13 del Pianista. (¡Qué pesadito, con el Pianista!):
“Sí, todos tenemos la sensación de que, en realidad, no valemos para esto. De que cualquier día alguien te pillará: descubrirá que no tienes gracia ni talento, y la carroza se habrá convertido en calabaza así, de repente. En realidad, eso nunca ocurre. Pero por alguna razón, saber que nunca ocurre no te quita el miedo. Tranquilo: ese miedo es buen síntoma. Sólo los imbéciles están seguros de tener talento.”
(http://www.lacoctelera.com/pianistaenunburdel/post/2007/10/19/manual-supervivencia-guionistas-13).
Sin saber por qué, rompí a llorar. (Que conste que no incluyo este dato buscando la compasión de nadie. ¡Eso me faltaba, pues!). Me sentí impotente, vi que toda mi carrera (ni demasiado larga ni demasiado corta) moría en aquel preciso instante. Me habían pillado. No valía para esto.
Los coordinadores, que también habían roto a llorar en su tiempo, por causas similares, me comprendieron y me sugirieron dos días de descanso. Los cogí. Estaba hecho una mierda. Estuve conduciendo durante cuatro horas por el simple placer de conducir. (Sí, amigos, soy así de duro). Todo era un desastre. Aquello debió ser lo más cerca que, afortunadamente, he estado de una depresión. Aun así, la putada no era sólo mi esterilidad, sino la sensación de que mis compañeros me miraban por encima del hombro y de que la sociedad, en general, me repudiaba. “Miradle. Tantos años de carrera para acabar de guionista y, encima, desencantado. ¡Pobre chaval!”.
Por la noche, en casa, me puse a prueba. Escogí una situación al azar y me lancé a redactarla dentro de un encuadre narrativo; que tampoco estaba para dialogar. Los personajes que había proyectado mentalmente ahora no dormían, pero me miraban, de brazos cruzados, golpeando el suelo con el pie en señal de impaciencia. Pasada una hora con un resultado nulo, aborté la narración y me acosté.
Volví a la redacción al cabo de dos días, como he indicado. Sin saber cómo, uno de mis personajes me cogió de la mano y me guió a través del capítulo. Había recuperado la creatividad; una creatividad mediocre –la mía, vaya--, pero la había recuperado. Podía conferir vida nuevamente a mi estúpido universo de personajes que no deambularon consistentemente hasta la tercera o la cuarta reescritura.
Aquel episodio me dejó unas cuantas lecciones que apunto por si a alguien le sirven, aun esperando que no se dé el caso:
-
No me dejaré llevar otra vez por mis emociones ante un coordinador, porque luego, cuando requiera de su ayuda para mejorar un trabajo, me cohibiré, ya que intuiré que él cree que busco su misericordia, más que su orientación.
-
Ninguna crisis creativa –ninguna-- es irreversible. A pesar de que mientras se vive una todo parece una santísima y glorificada mierda, todo cuerpo orgánico se transforma en otro cuerpo orgánico. Hasta la mierda se convierte en abono. Y el abono acaba germinando.
-
Si me vuelve a ocurrir, miraré mi nómina y me preguntaré si vale la pena sufrir.
-
Cuando me pregunten si “eso es un oficio”, responderé que sí, que es un oficio y bien jodido, aunque parezca que nos pasemos el día fumando petas. Eso sólo lo hacemos por la tarde.
De nada.


fantafanta
23 may 2008 | 11:43 PM
merci by your comment