Un día leí en el blog del Pianista una especie de decálogo del guionista con que él nos obsequiaba. Pero no uno de aquellos que te indican cómo escribir un guión, sino uno más útil: cómo sobrevivir en el mundillo y fuera de él. El caso es que, de todas las recomendaciones, hubo una que me llamó especialmente la atención. Hablaba de algo tan jodido como necesario en la profesión: la (puta) reescritura.

Entendiendo que reproduzco su texto con la misma finalidad para la que fue concebido, ahí va el fragmento:

Tendrás que hacer muchas correcciones. Aunque sean pocas, a ti te parecerán muchas más de las que tus guiones necesitan. Y sí, hay una razón para cada una de ellas. Es un verdadero coñazo, pero recuerda: los mineros no reescriben. ¿A que no prefieres ser minero?” (“Manual de supervivencia para guionistas, 13, blog del Pianista en un burdel, 19 de octubre de 2007. Para hacer las cosas como se debe.)

Y no, nadie prefiere ser minero porque levantarse tan temprano para ir a trabajar como un desgraciado y a cascarte los pulmones, la verdad, no mola. Pero reecribir jode. Jode menos que la mina, pero jode.

Has estado tu tiempo repasando el capítulo. Los personajes son coherentes, las tramas son potentes, se entrelazan bien, la escaleta está perfecta y, aun así, “no me convence este giro” o “este remate es bajo”, cuando tus giros y tus remates estaban de puta madre. Que, hecho el comentario, la puta madre es la suya. Y eso, si consigues convencer con las tramas. Porque si te cae una trama, que la madre del coordinador sea puta es lo más lírico que se te ocurre.

Entonces te acojonas. Todo el universo de personajes graciosos se ha vuelto un universo de personajillos sin identidad. Piensas que son unos cuantos personajes en busca de trama. (Yo me los imagino reunidos en un espacio indeterminado, confabulando contra mí, su autor. Supongo que si los dejase así un tiempo, procrearían y construirían sociedades con sus miedos y con sus miserias, con sus pecados y sus desafíos.) Mientras los reescribes, las palabras se les atragantan y actúan con poca convicción. En ese momento te da por revisar todo el capítulo y nada te hace gracia.

Yo tenía serios problemas con mi autoestima creativa. Si no la hubiera contenido a tiempo, en mi vida hubiera terminado un solo capítulo, precisamente porque cada vez me parecía más absurdo todo lo que ocurría, hasta el punto de que cuando creía estar perfeccionando una secuencia, me daba cuenta de que la estaba empastrando. Vi la luz al final del túnel con El guión, de Robert McKee. (Si llama ahora para comprarlo, le regalamos esta magnífica lámpara de noche.) No, en serio. Independientemente de sus teorías sobre estructura, personajes y demás ítems que encontraréis en tantos y tantos volúmenes dedicados a explicar lo inexplicable, McKee escribía, más o menos, que cuando estés atascado, continua sin dudar. Añadía algunas estrategias más. Puede que sean eficaces. No obstante, yo me quedé con esa premisa y a partir de aquel día mis problemas de autoestima creativa persistieron como hasta el momento, pero no me comía la cabeza intentando resolverlos. Sabía que estaban ahí y que de ahí no se moverían. Valía la pena tomárselo con normalidad.

Definitivamente, reescribir es una putada. Lo es más si cuando ves el resultado final metes la cabeza en el horno porque te han tumbado un chiste buenísimo (que era un símil entre el Papa y la sal gruesa) o porque los espectadores de tu entorno, cumpliendo con un ritual de periodicidad variable, sentados en el sofá de tu casa, van avanzándose a una trama que en la primera versión no era tan previsible.

Para el remate, la preguntita: “¿Eso lo has escrito tú?”. Pues... sí. “Está de puta madre”. Entonces, después de tantas ideas perturbadoras y de tantas idas y venidas, sonríes y piensas que la madre del coordinador es una santa. Al menos, hasta la próxima reescritura.