(ESTE POST CONTIENE ESPÓILERS, PERO CUANDO LO HAYÁIS LEÍDO, LOS ESPÓILERS SERÁN LO DE MENOS.)

Quizá haya sido porque me había creado grandes expectativas sobre la película, pero El orfanato me ha decepcionado. Para empezar, por la multitud de clichés: protagonista femenina que transmite más vulnerabilidad; la llave con la que se abre el cajón donde se guarda el secreto de Simón; los niños y los juegos de niños; la médium, tan escuálida que parece acabada de resucitar; el frío que emiten las presencias paranormales; las puertas que se abren y se cierran; la increíble necesidad de contactar con los muertos (o el paradigma de “la casa quiere decirnos algo”); la cuidadora resentida... Pero he encontrado irregularidades más graves, como cuando Laura, persiguiendo a Tomás, que le acaba de arrancar una uña, se rompe un tobillo y aparece una escena en silla de ruedas. ¿Con qué finalidad el guionista la deja inválida y, por lo tanto, más vulnerable? Nadie la agrede después (Al final de la escalera), no le supone ningún tipo de obstáculo (La ventana indiscreta), no aporta nada a la narración.

El personaje de Laura se va perturbando demasiado rápidamente. La justificación –lógica, racional-- de su perturbación es la separación de su hijo y la angustia consecuente, pero ya se encuentra Tomás (de hecho es atacada por él) en la fiesta, cuando desaparece Simón. Por supuesto, una persona en condiciones normales huye despavorida cuando percibe fenómenos extraños en su casa. Vamos, que no se me ocurriría quedarme en la mía si un día un niño con un saco en la cabeza me pisa los dedos con la puerta. No obstante, seamos concesivos y comprendamos que es congruente que una madre se obsesione con la pérdida de un hijo hasta el punto de omitir lo paranormal a cambio del reencuentro. La madre, pues, se queda en la casa para encontrarlo, aun si han de ser espectros los que la guíen. Continuamos siendo concesivos. Por una extraña razón (quizá ya estaba echando sapos y culebras en este punto y no me di cuenta), Laura deduce que debe customizar el orfanato para que los espíritus de los niños la ayuden. Así, no sólo prepara las camas como en el pasado, sino que incluso se viste como una tutora. Y aquí mi condescendencia se va diluyendo y deja paso a una extrañeza total por lo que me están contando. El clímax de esta secuencia es un poco torpe y tan lento que me ha dado tiempo a apostar con mi chica si la manifestación de los niños se explicaría con un plano corto de Laura (con lo cual veríamos su reacción) o con un plano abierto de la mesa (con lo cual veríamos, por ejemplo, el movimiento inexplicable de un vaso). Y no: después de haber preparado la mesa, los niños están en la habitación de arriba, donde, evidentemente, se dirige Laura y donde, evidentemente, decide iniciar un juego que, al menos en mi tierra, se llama el pollito inglés. Cómo, si no, tenían que tangibilizarse los niños.

Pero me parece que el error más flagrante es la advertencia de la médium cuando, enseñándole los brazos a Laura, entendemos que padece una enfermedad grave: “Las personas que estamos cerca de la muerte somos más receptivas a algunas presencias.” Es decir, que Laura muere sin discusión alguna.

He leído alguna crítica que apunta a la mano de Guillermo del Toro en determinadas partes de la película. Sin duda, la muerte liberadora debería ser una. Pero no deja de ser un cliché.

No se vayan todavía. ¡Aún hay más! La manera de cerrar las subtramas referidas a los elementos jugados (la medalla de la abuela de Carlos, el faro, el deseo al ganar la gincana...) es, sencillamente, infantil y demasiado previsible.

Me parece –y esto es más personal que objetivo-- que la entrada de la médium es tardía, sobre todo porque no intuímos que Laura desista de la investigación policial y opte por otras vías. Así que me sorprendió cómo un personaje que empieza la película tocando el piano y reprochando amablemente a su marido que sea supersticioso, acabe defendiendo a capa y espada las labores de los colegas de Íker.

En conclusión, la película es lenta, previsible y crea más intriga por saber dónde está el niño (muerto) que no por la naturaleza del universo de pequeñas almas en pena vagando y haciendo la vida imposible a una amatente madre y a un padre más bien despreocupado.